Cosas que pasan cuando (no) morís

Por Nicolás Olszevicki*

Las dos muertes

Por más escéptico que uno sea (y nunca está de más recordar que el escepticismo es una actitud recomendable para comenzar a indagar el mundo de una manera científica), cuando un conjunto de individuos que no tiene ninguna relación entre sí refiere haber vivido una experiencia que parece inexplicable y la narración de esta experiencia se repite y se repite con parámetros casi idénticos, la actitud más sensata no es la de desechar inmediatamente el relato como palabrería sin sentido sino escuchar y hacer el esfuerzo por explicar. Al fin y al cabo, la ciencia se trata  de eso: de explorar lo insólito, lo aparentemente mágico, para tratar de encontrarle alguna explicación racional o, al menos, razonable. Es lo que venimos haciendo como especie, con bastante éxito, al menos desde que Tales de Mileto predijo un eclipse hace dos milenios y medio, iniciando una meteórica aventura intelectual que hoy continúa con la detección de partículas “divinas” que poco tienen de divinas y ondas gravitacionales predichas hace unos cien años.

Algo de ese orden ocurre con las famosas experiencias cercanas a la muerte (a partir de ahora ECM, para no fatigarnos), esas que reportan quienes se salvan, por ejemplo, de un paro cardíaco. Definir algo tan incomprensible y angustiante como la muerte desde todos sus ángulos es imposible, pero si hacemos el ejercicio de desnudarla de metafísica y de poesía y de terror y la reducimos a sus manifestaciones estrictamente biológicas, podemos llegar a un acuerdo provisorio: hay muerte propiamente dicha cuando existe un daño irreversible de las células cerebrales (las neuronas y las demás), que impide que un individuo respire y bombee sangre por sus propios medios. Esta muerte, llamada “muerte biológica”, puede producirse hasta quince minutos después de la otra muerte, la aparente, que consiste en la detención del latido cardíaco y la respiración sin, todavía, daños irreversibles en el cerebro.

Víctor Sueiro, después de la primera muerte y antes de la segunda y definitiva.

Lo interesante es que no todos los que padecen una muerte aparente terminan muriendo biológicamente, y que varios de los que sobreviven gracias a la medicina “alopática” (que es lo mismo que decir: gracias a la medicina) pueden contar lo que vivieron, ¡vaya paradoja!, mientras estaban parcialmente muertos. Y digo que es interesante porque en ese momento crítico en el que el cuerpo, como Hamlet, se está debatiendo entre ser y no ser, en ese momento en que uno esperaría que aflore lo más íntimo y privado de la personalidad, muchos individuos reportan haber tenido una serie de experiencias místicas prácticamente idénticas entre sí. De acuerdo a diversos estudios clínicos, entre un 4 y un 18 por ciento de los pacientes que permanecieron unos minutos con el cerebro funcionando y el corazón detenido tienen ECM que responden a tres grandes patrones:

-El de ver la luz al final del túnel.
-El de salirse del propio cuerpo y observarlo desde afuera.
-El de sentirse muerto y entre muertos.

Tan marcado es el patrón de ECM que un estudio realizado en pacientes que reportaban haberlas tenido reveló que el 50% contaba haberse sentido muerto; el 24 por ciento, haber tenido la experiencia de ver su cuerpo desde afuera; el 31 por ciento, la de haber atravesado un túnel y el 32 por ciento la de haberse encontrado con otros muertos.

Uno podría alegar -y se han aventurado hipótesis casi así de disparatadas- que la luz al final del túnel es San Pedro, que se prepara para recibirnos en los dominios celestiales sacándonos una foto con flash para nuestro nuevo documento de identidad post-biológico, o que al dejar de latir el corazón se realizó un verdadero viaje al mundo de los muertos, tan efímero y vertiginoso como el de un adolescente que viaja la primera quincena de enero a Villa Gesell. O que la sensación de ver el propio cuerpo desde afuera es testimonio de que el alma ya se estaba desprendiendo del cuerpo, lo cual sería realmente curioso, porque implicaría que el alma, además de tener ojos, tendría un sistema nervioso central con una corteza visual capaz de procesar imágenes, y en ese caso creo, humildemente, que dejaría de ser alma y sería ya cuerpo. Pero, por suerte, los científicos no se convencen con estas pseudo-explicaciones. Saben que donde hay una regularidad hay una buena pregunta, y donde hay una buena pregunta existe la posibilidad de ensayar respuestas creativas y consistentes.

Y resulta que las hay. Se trata de respuestas que no provienen ni del judeocristianismo, ni del Islam, ni del abuso de sustancias alucinógenas, ni de una filosofía New Age a la que solo con un exceso de generosidad se puede seguir llamando “filosofía”, sino de una rama del conocimiento que, gracias a herramientas tecnológicas cada vez más refinadas, nos ofrece inmensas posibilidades de comprender cómo y por qué el hombre percibe lo que percibe: las neurociencias.

Soñar despiertos

Nuestras percepciones sobre el mundo que nos rodea no son patrimonio exclusivo de los sentidos sino que es el cerebro el encargado de manejar la información que ellos proveen: si, por ejemplo a causa de algún desorden neurológico como la esquizofrenia, los inputs sensoriales son procesados de manera atípica, lo que el cerebro construirá como real no coincidirá con lo que los cerebros de los compañeros de especie estarán construyendo, al mismo tiempo, como real. Es lo que ocurre, también, cuando se consume una droga como el LSD: estudios recientes con resonancia magnética funcional demostraron que al aumentar el flujo de información entre dos zonas específicas del cerebro (una asociada a la introspección y otra asociada a la percepción del mundo exterior), se genera como resultado una paradójica “introspección en el mundo”, una pérdida del yo en pos de un profundo sentimiento de armonía con el resto del universo.

¿Por qué no pensar entonces que, así como con las drogas o con los desórdenes neurológicos, ocurre algo en el cerebro de quienes sufren una muerte aparente, en ese cerebro desoxigenado y en estado de extrema vulnerabilidad, que los conduce a tener alucinaciones bajo un patrón común? ¿No sería más productivo y desafiante asumir que esas alucinaciones tienen una base química y física y que no son otra cosa, en verdad, que manifestaciones de alteraciones del funcionamiento normal de nuestro órgano estrella producidas por cambios traumáticos?

La corteza prefrontal dorsolateral con un alto grado de actividad durante un período similar al del sueño REM podría explicar las alucinaciones de las ECM.

Esto es, de hecho, lo que se piensa hoy en día. Una hipótesis general indica que las alucinaciones propias de las ECM tienen que ver con la superposición, en ese momento crítico, de diferentes estados de conciencia. Si, de nuevo, le sacamos la metafísica y la poesía y el terror, podemos llegar a un acuerdo provisorio de que hay básicamente tres estados de conciencia: despiertos, en sueño REM y en sueño no REM. En la fase REM, que es aquella en la que soñamos más intensamente, hay una actividad cerebral muy fuerte y un movimiento muy rápido de los ojos; entre otras cosas, lo que ocurre allí es que desciende muchísimo la actividad de la corteza prefrontal dorsolateral, una parte del cerebro encargada, entre otras cosas, del control racional del pensamiento (de ahí la aparente insensatez de muchos de los sueños que recordamos). Según esta hipótesis, la experiencia alucinatoria de esos momentos en que el cuerpo está aparentemente pero aún no biológicamente muerto se daría en un punto intermedio entre sueño REM y vigilia, una especie de estado cuántico en el que no estamos ni dormidos ni despiertos o, mejor aún, estamos dormidos y despiertos al mismo tiempo.

Esto no es tan extraño y no hace falta haber sufrido un paro cardíaco para experimentarlo: ocurre, por ejemplo, en los períodos de duermevela, cuando estamos soñando y somos conscientes de que estamos soñando, o en la desesperante y mucho más atípica “parálisis del sueño”, un momento de desincronización cognitiva en el que nos despertamos con parte del cerebro todavía en sueño REM y con el cuerpo paralizado. En las ECM, lo que pasaría es que estaríamos en un estado similar al del sueño REM (con actividad cerebral alta y “sueños” o alucinaciones) y, al mismo tiempo, la corteza prefrontal dorsolateral presentaría un alto grado de actividad, con lo cual estaríamos –digámoslo simplemente- soñando despiertos, conscientemente.

Otras inquisiciones

Pero también hay explicaciones específicas de acuerdo a cuál de las experiencias se viva. La sensación de sentirse muerto entre muertos, por ejemplo, es característica no solo de las ECM sino de un desorden neuropsiquiátrico específico, el síndrome de Cotard, una de cuyas causas, aunque no está completamente determinada, podría ser una lesión en el lóbulo parietal del cerebro, más particularmente en el giro fusiforme (una de cuyas funciones es el reconocimiento de caras) y la amígdala (que, entre otras cosas, asocia emociones a las caras reconocidas). De acuerdo a la interpretación del neurocientífico Ramachandran, lo que ocurre en quienes padecen esta enfermedad es que al no reconocerse ni a sí mismos y al no poder asociar ningún tipo de emoción con caras conocidas (por la desconexión entre giro fusiforme y amígdala), se desorientan y piensan que están muertos. Porque en definitiva… ¿cómo podría sentirse estar muerto sino como una falta total de emoción frente a las cosas que en algún momento más nos emocionaron?

Algo similar ocurre con la experiencia de ver el propio cuerpo desde afuera. Un estudio de 2005 demostró que si se estimula eléctricamente otra área específica del cerebro, la junción temporoparietal derecha, se logra inducir en individuos sanos este tipo de experiencias. ¿Por qué ocurre esto? El cerebro recibe todo el tiempo inputs sensoriales de diversos lados y la junción temporoparietal se ocupa de integrarlos todos en una representación general de dónde está el propio cuerpo y de sus alrededores. En general no suele haber problemas y los inputs que recibe son coherentes entre sí (por ejemplo, los que vienen del tacto, de la vista y del oído coinciden y permiten formar una representación adecuada de la ubicación del propio cuerpo en el espacio); si los que recibe son más o menos contradictorios, lo que hace es silenciar aquellos más disruptivos con el patrón general y sigue funcionando adecuadamente. El problema es cuando esa información que llega es muy contradictoria entre sí: ahí se arma un escándalo que, por más años de refinamiento evolutivo que tenga encima, el cerebro no puede solucionar. En estos casos, se forma una mala representación de la ubicación y puede darse la disociación, esto es, la sensación de estar afuera del propio cuerpo y percibirlo como si uno fuera ajeno a él.

Y la luz al final del túnel, como ya habrán adivinado a esta altura, no es tampoco un fenómeno exclusivo de las ECM. La pérdida de visión periférica está estudiada en pilotos de aviones G-Force, que por los cambios súbitos de posición experimentan síncopes hipotensivos que causan, durante entre cinco y ocho segundos, una pérdida parcial y “tunelización” de la visión. Algo similar ocurre en los momentos de aura previos a una migraña, cuando nos estamos quedando dormidos o cuando nos levantamos muy rápidamente de la cama, y también con el consumo de ciertas drogas como la mescalina (componente activo del famoso peyote) y la psilocibina (presente en otros hongos alucinógenos). Aunque hay varias hipótesis para explicar el proceso, todas toman en cuenta el modo en que funciona la visión y su alteración como resultado, en el caso de la muerte aparente, de la falta de oxígeno. Todo lo que vemos es el producto del trabajo conjunto entre el ojo que percibe y la corteza visual que procesa, ubicada en el lóbulo occipital de nuestro cerebro. Con esta premisa, Tom Troscianko y Susan Blackmore, de la Universidad de Bristol, utilizaron un modelo computacional para simular qué ocurriría si se aumentara el “ruido” eléctrico en la corteza visual, que es lo que se verifica cuando, por falta de oxígeno, las neuronas que inhiben la actividad cerebral en su estado normal dejan de funcionar o funcionan deficientemente. Las neuronas de la corteza visual, en este caso, disparan mucho, aleatoriamente y cada vez más; como hay muchas más asociadas al centro de la visión (a la fóvea) que a la periferia (lo cual explica que veamos con mayor nitidez lo que tenemos justo enfrente), el resultado es ¡oh sorpresa! que se iría produciendo una sensación de túnel donde lo único que se vería sería luz en el centro, hasta que o bien la actividad cerebral descendiera o bien la luz lo ocupara todo. Esto es exactamente lo que describen quienes estuvieron muertos y se salvaron.

En fin: sería tranquilizador poder decir que ya está todo explicado, que conocemos perfectamente la neurofisiología de las ECM y que podemos irnos a dormir tranquilos sabiendo que la ciencia aplacó nuestras ansias de conocimiento. .. y sin embargo muchos puntos permanecen oscuros y algunas de las explicaciones que los científicos ensayan no sobrepasan, por ahora, el nivel de hipótesis. Pero si bien es cierto que seguimos sin saber exactamente cómo funcionan las ECM, aunque tenemos algunas sospechas muy bien fundamentadas, el recorrido nos enseña algo más importante: a no atolondrarnos y cerrar problemas con explicaciones que no por inmediatas son verdaderas. Ser científico, o ser un buen científico, o –y esto me interesa todavía más- tener una mentalidad científica, consiste la mayor parte de las veces en asumir la ignorancia con desenfado, para poder plantear nuevas preguntas que conduzcan, en algún momento incierto, a un conocimiento cierto. Porque acaso el mejor científico no sea tanto el que sabe bien lo que sabe sino, mucho más, el que sabe bien lo que ignora.

Bibliografía

http://www.susanblackmore.co.uk/Articles/PDFs/JNDS%201989.pdf.

https://www.researchgate.net/profile/Jimo_Borjigin/publication/255790950_Surge_of_neurophysiological_coherence_and_connectivity_in_the_dying_brain/links/0046352be07ef7a960000000.pdf

http://deanradin.com/evidence/vanLommel2006.pdf

http://www.koestler-parapsychology.psy.ed.ac.uk/Documents/MobbsWattNDE.pdf

http://lnco.epfl.ch/webdav/site/lnco/shared/publications/lnco/2005_Blanke_TN_the%20obe%20-%20disturbed%20self-processing%20at%20the%20tpj.pdf

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16186034

http://www.cell.com/current-biology/fulltext/S0960-9822(16)30062-8

Olszevicki, N.; Moledo, L., Historia de las ideas científicas. De Tales de Mileto a la Máquina de Dios. Buenos Aires: Planeta, 2014.

Ramachandran, V.S., The tell-tale brain. New York-London: Norton & Company, 2011.

 

 

 

*Hace un doctorado en Letras en la Universidad de Buenos Aires con una beca del CONICET pero perpetra, desde hace más de 10 años, la divulgación científica. Interesado por la historia de las ideas en general, co- escribió con Leonardo Moledo el libro Historia de las ideas científicas. De Tales de Mileto a la Máquina de Dios (Planeta, 2014). Dicta clases de escritura en la carrera de Comunicación de la UNGS; dirige y edita este blog.